Arnoldo Krumm Heller

Yo que tengo casi medio siglo de estudio en estos asuntos, que tengo los grados más altos de la Masonería (3-33-97), que he pertenecido a la sección esotérica de la Sociedad Teosófica, que soy miembro de más de 20 sociedades secretas, como la O.T.O, y la A.A. En los cuales tengo el último grado, que soy obispo de la iglesia Gnóstica, consagrado con ordinal primitivo y Anglicano. Que como comendador de la Fraternidad Rosacruz, tengo conexión con la fraternidad blanca, la jerarquía del invisible, que he pertenecido a la vieja guardia de Papus y Eliphas Levi. Que traté personalmente a los principales ocultistas del mundo; declaro que para mí: ¡en la vocalización, en el uso de los mantrams y la oración, mediante el despertar de las secreciones sexuales, reside el único camino de llegar a la meta y todo lo demás que no sea por aquí, es perder lastimosamente el tiempo!”

(Logos Mantam, Magia Doctor Arnoldo Krumm Heller)

krumm_hellerCuando los hombres celebres han escrito grandes obras, alguien se encarga de escribirles su Biografía, pero generalmente como homenaje a su memoria. Yo, que no soy celebre, no espero correr la misma suerte, pues sé que antes o después de morir, poco o ningún caso se me ha de hacer.

Pero quisiera ver escrita mi Biografía de oculista, como dada mi poca importancia, nadie la querrá escribir, he resuelto hacerlo yo mismo; eso tiene por lo menos la ventaja de que saldrá exacta, pues la conozco mejor que nadie.

Pero no me tachéis de pretensioso: Mi autobiografía como ocultista tiene por objeto marcar el camino que he seguido desde mis primeros estudios hasta la fecha, para desengañar a aquellos que creen que para iniciarse es menester emprender un viaje a la India, sujetarse al celibato y comer yerbas y raíces.

Yo soy casado, nunca vi la India y como de todo, a pesar de esto creo poder alcanzar la meta que se propone todo ocultista: Dominar las leyes de la naturaleza para ser útil a sus semejantes.

Educado bajo el cuidado de una madre ejemplar que sacrificó todo por mi educación, llegué a ser hombre no habiéndome tomado jamás el trabajo de pensar yo mismo; en filosofía y en religión, era como el 99% de mis prójimos, viviendo al día, dejando a los curas y a los mayores el cuidado de estas preocupaciones.

Siguiendo la rutina, creía que ser bueno significaba cumplir con los mandamientos de la iglesia, rezaba todas las noches, y como premio de mis virtudes. Esperaba la recompensa en el cielo. Mi idea respecto a Dios era la que se formaba la mayor parte de los católicos , en que Dios no pasa de ser un gran comerciante, que en vez de dar mercancías por dinero, da cielos en cambio de misas, rezos, confesiones etc., Quita purgatorios, protege en el comercio, da maridos etc.

La idea de ser bueno y evitar el mal, no por miedo al infierno o codicia al cielo, sino por el amor al bien, me era hasta entonces desconocida.

La anciana Madrecita quedó después de darme el último beso, en Alemania, y yo me dirigí a esa tierra que hoy llamo mi segunda patria: México.

zapata-krummhellerMi familia había emigrado en el año 1823 a México siendo mi bisabuelo minero. Es muy interesante leer: “Briefe aus México” donde existe la relación de esos colonos alemanes. Siempre nos habíamos considerado mexicanos, y así al llegar aquí de niño, me encontraba con mi casa pero tenía deseos de conocer toda la América Latina.

Mi primera residencia fue la república de Chile, uno de los países más adelantados y hermosos de Suramérica.

De estudiante había leído novelas de algunos autores de importancia, sabía el Fausto, en gran parte de memoria, y para cambiar, alguna vez, había tomado una obra de Carlos du Prel, pero sin que sus ideas hubiesen dejado huellas en mi ánimo; las leía para distraerme o para cambiar de lectura.

Un año después de haber abandonado Alemania recibí la súbita noticia de la muerte de mi santa madre. Aquel golpe me anonadó; ¿Cómo, después de haberla visto hacer tantos sacrificios por mí, y en los momentos en que podía recompensar en algo sus afanes, se me arrebataba a aquel ser?

Entonces se despertó en mi alma una idea completamente nueva, que me vino a poner en conocimiento que los hijos jamás sabemos apreciar los sacrificios de los padres para labrarnos un porvenir que solamente a nosotros nos interesa; y que ni durante una vida pagamos debidamente sus afanes.

No cumplimos en lo absoluto ni con los deberes de familia, ni con los de humanidad siquiera; porque una noche de desvelo y zozobra infinita, cuando nos velaba al lado de la cuna; una noche de insomnio y de congojas que pasa durante los peligros de la niñez.

Esa personificación del verdadero y único amor abnegado, no se paga con toda una existencia de cuidados, de amor y de respeto hacia los que nos dieron el ser.

Yo renegaba, maldecía mi suerte… Me costó una enfermedad física, la idea de que al regresar a mi patria encontraría únicamente un pedacito de tierra, que cubra aquel cuerpo santo.

Al pasar par una librería vi un libro de Allan Kardec. Entré a comprarlo y me encerré para leerlo; era la tabla de salvación que encontré en el océano de mis sufrimientos para aferrarme a ella. Aquella filosofía no me era nueva, la había leído de estudiante, hasta entonces llegaba a sentirla. Me convertí en un espiritista sincero; más aún fanático en cuanto a la belleza de sus doctrinas. Me consolaba, me levantó el ánimo aquella filosofía; pero desde el primer momento me chocó la práctica; jamás llegué a aquel ser a quien tanto había amado, pues la intuición, la razón me decían de que aquella santa debía estar localizada en regiones superiores, más pura y que no hacía bien en atraerla a esta mísera tierra y comunicarla, obligándola a hacer manifestaciones inferiores como mover las patas de una mesa en los círculos espiritistas.

La lógica de la doctrina espiritista, me convirtió en un espiritista convencido y, como la muerte de mi madre me había insinuado en estas ideas, a ella la había inmortalizado en mí; cuando evocaba sus recuerdos, sus consejos, la sentía vibrar en mí mismo; esa es la verdadera comunicación espiritual.

Animado a propagar la filosofía que me había consolado, fundé con varios amigos una revista que llamamos “El Reflejo Astral”. Al estar expuesto en las librerías uno de sus números, se me presentó un Señor de Barcelona, el cual me felicitó por propagar esas ideas en un país donde el fenómeno religioso ejercía aún su influencia. Ofreció obsequiarme varias obras, ofrecimiento que cumplió, pues a los dos meses recibí por correo “Después de la muerte de León Denis” y “la doctrina secreta” de Blavatsky.

Ya no solo se interesaban en estos asuntos mis sentimientos, mi corazón: los argumentos científicos tan sólidos que empleaba Blavatsky hicieron que tomara parte mi cabeza. El espiritismo había sido en mí como en casi todos sus adeptos, cuestión de impresionismo.

Vi que tiene una filosofía hermosa, argumentos sólidos, aspectos científicos cuyo estudio, he visto más tarde, es más fácil bajo la luz del ocultismo.

La práctica de la mediumnidad además de ser ridícula es profundamente inmoral. Aquí en México se usa como espíritu familiar, en la mayoría de los centros, al benemérito de la patria, Lic. Don Benito Juárez, y da pena que esa gran lumbrera, que dirigió tan sabiamente los destinos de este país, se vea encargado de buscar objetos perdidos en las sesiones espiritistas.

Por fortuna que el espíritu de Juárez sólo existe en la imaginación de los espíritus ignorantes, que faltos de conocimientos de las leyes que rigen los fenómenos psíquicos, pueden en la mayor parte de las ocasiones poner en relieve su irreflexión, pues no saben evocar como se debe.

Yo, y conmigo millares de iniciados en el ocultismo, no Negamos la realidad y posibilidad de todos los fenómenos que pregona el espiritismo, y que en mi primera conferencia veréis mis opiniones a este respecto. La diferencia que existe entre los espiritistas y los ocultistas, es que los primeros se valen de medios o instrumentos para ponerse en contacto con el plano astral (de los espíritus) y nosotros los ocultistas, somos todos como médiums pero no pasivos, inconscientes ni manejados por guías, sino activos, conscientes, que en vez de tratar de atraer los seres (salvo casos especiales) nos trasladamos conscientemente donde están ellos.

La obra de Blavatsky me indujo a suspender las publicaciones de la revista. En aquellos tiempos habían dejado preocupada la atención pública los fenómenos del conde de Sarak y formábanse tres partidos.

Los primeros atribuían las demostraciones de Sarak a pura superchería; los segundos veían en el señor Conde a un gran iniciado y los últimos, si bien aceptaban algunos fenómenos del sr. Sarak estaban al abrigo de todo fraude, en otros se había comportado como un prestidigitador de circo. Me decía yo al contemplar aquella divergencia de opiniones, que para Juzgar estos hechos es menester estudiar para conocer a fondo el asunto.

Con varios amigos encargamos obras sobre ocultismo. Aquello fue una verdadera indigestión de Encause Papus, Eliphas Levi, Estanislao de Guaita, Kiesewetter, Claudio de San Martín y otros. Estos autores eran y son hasta hoy, los mejores en la materia, y el lector que en sus obras sorprende la clave de los secretos que encierran, será un Rosacruz como Nostradamus, Paracelso, etc.; Pero creo que no habrá uno solo que los arranque y les pase como a mí: mientras más se lee, mayor es la confusión en que se enreda uno.

Las vidas de San Martín y de Martínez de Pasqualis me habían dejado preocupado; más aún cuando supe que el célebre abate católico Levi, el autor de “Dogma y ritual de alta Magia”, había sido Martinista.

Resueltamente escribí al Doctor Encause para saber algo de esta orden secreta, el cual en su respuesta me recomendó a un Doctor Girgois, de Buenos Aires, quien después de llenar las formalidades me inició y me indicó si por alguna duda necesitara un consejo, me dirigiera a un señor don A… C… (Como quien dice el vecino de la esquina).

Don Arturo, que así se llama de nombre el señor C… Era de nacionalidad inglesa, había sido jefe de comercio de alta importancia. Era conocido por su rectitud y extrema honradez, y como poseedor de una gran fortuna, ocupaba en compañías mineras, bancarias, etc., puestos de presidente, Vicepresidente, o director, en total un conocido comerciante, pero de ocultista me parecía tener tanto como yo de Mandarín chino.

Le quedé mirando con la boca abierta. Conociendo mi turbación y como me dirigí a su domicilio con casi la certidumbre que aquel señor me daría la dirección de un anónimo suyo, habitante de un barrio apartado, refugiado en una choza humilde de ermitaño, envuelto en una túnica larga, acariciando una barba blanca y venerable.

Al responder a mi interrogatorio que él era la persona que yo buscaba, sentí deseos de retírame decepcionado, pues no reunía el señor C… El tipo de mis ilusiones; pero no pude realizar mi intento, pues el buen señor dejando a un lado sus libros de comercio, me hizo pasar al salón. Pero, “¿Qué le digo a este hombre?”, me decía yo; y por primera providencia me le quedé mirando con la boca abierta. Conociendo mi turbación y como si leyese mis pensamientos, me sacó del mutismo: “usted busca a un hombre que pertenece a la orden de los Martinistas y sus deseos son de aprender la filosofía y los secretos del Ignoto” “Si señor; precisamente señor”

Ese “sí señor, precisamente señor” se lo repetí maquinalmente varias veces, pues en mi interior aun no quería abandonar la idea del iniciado, del Maestro con túnica larga y barba blanca; pues un hombre con los bigotes a lo Kaiser no me cuadraba como un iniciado del Martinismo {rama de los Rosa Cruz, poseedores del secreto de la piedra filosofal, que transmutan el plomo en oro}, ocupado en cotizar acciones de bolsa; me era lo mismo que ver a un arzobispo repartir programas de la corrida de toros.

Poco a poco volví en mí, gracias a que el modo de expresarse del Sr. C… Me hizo tomar confianza, y sin sentir entablamos una conversación sobre ciencias trascendentales. Mi asombro iba creciendo por momentos al descubrir en el Sr. C… Un Maestro de profundísimos conocimientos.

En menos de media hora, ya me había explicado mucho de lo que Antes no me había dado cuenta. Sentí deseos de besarle la mano al despedirme, y en la calle repetía: “el hábito no hace al monje”. Como galantemente me había ofrecido su casa, a las pocas noches fui a verle. En su salón encontré reunidos a varios conocidos que nunca me habían hablado de él.

La conversación versaba sobre los Mahatmas, unos grandes Maestros que vivían en la cima de los Himalayas, pero que desprendiéndose de su cuerpo material se aparecían en forma vaporosa al llamado del adepto iniciado.

Después que unos habían negado el hecho, otros lo habían ridiculizado, y el resto dado por probable o posible la existencia de estos seres, el Maestro, pues así llamábamos al señor c… Desde ahora,, agarra una espada, traza en el Centro de la habitación, el Pentaclo, de Salomón, (de que hace uso Goethe en el Fausto), pronuncia una formula, para nosotros incomprensible, y nos ruega formar una cadena tomándonos de las manos.

Apenas lo habíamos hecho cuando sentimos una detonación en la habitación vecina, como una especie de explosión de aire; la puerta gira sobre sus goznes como empujada por manos invisibles… En el Centro de la sala vemos de frente a un fantasma; un ser vaporoso, pero compacto, avanza hasta tocarnos. Los pelos se me erizaban de punta y si no es por el temor de aparecer como miedoso me desmayo.

A pesar del miedo inusitado, me sentía feliz, al palpar por primera vez una materialización perfecta de Júbilo. Había pertenecido a los débiles que creen sin saber; ya era fuerte; creía sabiendo.

No tengo la autorización del Maestro para escribir todo lo que vimos esa noche y las innumerables noches de muchos años siguientes. Por ese medio traía objetos desde gran distancia, que caían en la pieza sin saber de dónde. Las apariciones que pudiesen ser objeto de hipnotismo, o sugestión colectiva, fueron innumerable número de veces fotografiadas sugestionándose la placa fotográfica, lector incrédulo.

Una de tantas noches, se trataba entre los asistentes a la reunión si acaso todos los hombres tienen cuerpo doble o astral o si aquello era solo predominio de unos cuantos himalayenses.

El Maestro toma la espada, y sin más ceremonias de las que estábamos acostumbrados, evoca y nos trae a la pieza a un señor que la mayoría conocíamos. Le dio algunas ordenes, que cumplió al día siguiente como autómata, y estoy seguro que si le hubiese ordenado un asesinato lo habría hecho, estando a muchas leguas de distancia de nosotros…

Muchos años tuve la dicha de contemplar las maravillas de ese Maestro. Siguiendo la idea predominante en los espiritistas que lo difunden sin saber lo que hacen, tenía yo la idea preconcebida en cuanto a las sociedades secretas; yo quería la luz para todo el mundo, nada de monopolio, nada de privilegios. Pero al ver que esas sociedades poseían el secreto de evocar el doble etéreo de cualquiera, preguntarle sus secretos más íntimos, sin que al regresar a su cuerpo físico recordara lo acontecido; comprobándose que al lastimar ese cuerpo, el daño repercutía sobre el material; al convencerme que de ese modo se puede matar a una persona a distancia y que la víctima amanecía muerta en su lecho, pudiéndose reír el asesino del médico legal, del juez y del código penal; al cerciorarme, en suma, que las fuerzas de la naturaleza que uno aprende a manejar allí, son al mismo tiempo poderes benéficos para el hombre moral como armas horribles en manos del malvado, comprendí la importancia y la necesidad imperiosa de esas sociedades iniciáticas (secretas) y que los que se burlan de su hermetismo son necios ignorantes.

Mucho interés habían despertado en mí los estudios del hermetismo en relación de las religiones comparadas y de los cultos antiguos. Blavatsky y otros habían escrito con mucho entusiasmo de los restos arqueológicos de los Incas del Perú y de los aztecas en México. En mis coloquios veía al imperio de Manco Capac y al de Moctezuma.

Teniendo al Perú más cerca me dirigí allá y durante algún tiempo pude excavar y estudiar de cerca las ruinas del Cuzco. Me había internado al interior de Paucartambo, y al estar sentado en una de las ruinas más celebres, contemplando a mi alrededor ese panorama sublime, que solo posee el país de los virreyes, me sobrevino una especie de vértigo, un éxtasis, en el cual los misterios de la naturaleza se develaban ante mi vista, las vibraciones del gran todo se confundían en mi encontrándome así simple microcosmos, en relación con el macrocosmos.

Yo celdilla hombre, encontrábame en relación con todo el universo. Estado en el cual se comprende y se entrevé la grandeza de la creación; se transporta uno desde las regiones de los efectos, al mundo de las causas, bañándose en aquellas vibraciones de la esencia divina, de una tranquilidad y felicidad indescriptibles.

Se sienten sanar, no solo alumbrar los rayos solares, y si se pueden transcribir al papel todas las, sensaciones, lo tomarían a uno como un alucinado.

No me importa si el estudio de la. Naturaleza en su esencia es estar loco, querido lector, entonces soy feliz en mi locura y quiero estarlo cada día más.

Comprendí entonces que los libros humanos son nada en comparación con el libro supremo de la naturaleza y que para el hermético basta y sobra con ese libro. Nuestro filósofo alemán, Jacobo Boheme, ¿acaso tuvo otro?, y ¿Quién de los otros especuladores filosóficos puede compararse con él?

Mi guía, desde entonces, fue la naturaleza y dejando todos los maestros, a ella me acojo en sus brazos cariñosos.

Más tarde enfrente de Assmanshausen, a la orilla de Nuestro padre el Rhin, en el canal Smith, (Tierra del Fuego), en el Tirol, en la cordillera Cantábrica de España, enfrente de las Cataratas del Niágara, en los Alpes de Suiza y aquí en México, en un pedacito de tierra que ha bautizado el ilustre General Treviño con el nombre de Rincón de María, me sobrevino el mismo fenómeno pero sin que lo provocara; solo por la meditación. Tenía pues, para mis exigencias de ocultista, un defecto; no lo manejaba, no lo podía producir a voluntad; me faltaba la llave de ese paraíso tan sublime. “A buscarla”, me dije.

Del Perú, me dirigí a Europa en una tourne de dos años visitando a los principales ocultistas. Asistí como miembro al Congreso Teosófico de Nuremberg, donde leí un trabajo referente a mis estudios sobre el culto del Sol, de los antiguos incas.

En aquel congreso estreché relaciones, entre otras, con el célebre doctor Franz Hartmann, autor de notables obras sobre Teosofía. La clave, sin embargo, no la conseguí…

Me dirigí a conocer otro país de mis aspiraciones, la patria de Cuauhtémoc. El destino quiso que al tiempo regresara a París. Si bien obligaciones perentorias me reclamaban durante el día, la noche me quedaba libre e ingrese como alumno a la Escuela Hermética, en la cual, más tarde, me entrego su director el diploma que acredita mi doctorado en Cábala. El doctor Encause (Papus), una de las lumbreras médicas, laureado en los hospitales de París, ex-medico agregado a la corte del zar de Rusia, discípulo de Eliphas Levi y de Philip, autor de más de treinta obras universalmente conocidas y a quien conocen en París por el Mago Papus, me dio lo que anhelaba induciéndome en la verdadera senda de la iniciación; me dio las claves que ponen al hombre conscientemente en los dinteles del mundo invisible, el anfiteatro de la mansión de los llamados muertos.

Lo poco que he experimentado, por insignificante que pueda ser mi saber, no lo quise guardar egoístamente, pues si bien no tiene nada de nuevo para algunos, sé que es útil para muchos. Desde mis primeros estudios hasta hace algunas semanas que principié mis conferencias, que hoy se publican, he llenado muchos cuadernos de apuntes, y a medida que voy avanzando tomare material de ellos.

Mis conferencias encierran la clave de todo, pero no lo entregare al lector, porque no puedo ni debo darla masticada, para que solo le quede el trabajo de deglutir, sino velada. El hombre que no la encuentre es que aún no le sirve, ni la merece…

Después de establecer la Orden Martinista aquí en México, hemos unido un grupo de ocultistas para seguir los estudios. El objeto principal es de indagar hasta donde pueden unirse las observaciones y experiencias de cada uno a los preceptos de las ciencias exactas y aceptadas.

Es peligroso para aquellos desprovistos de una instrucción sólida, perderse en el misticismo; pero no lo es para el que está acostumbrado a la lectura y estudio de las ciencias positivas. Si hemos tenido ocasión de ver algo en el mundo psíquico, tenemos el valor suficiente para confesarlo, no para hacer bombo con lo maravilloso, sino para invitar a los hombres que de ciencia al estudio de esas fuerzas tan poco conocidas, pero cada día más aceptadas. Los hechos que yo relato, no son aislados, muchos

Hacia el final de su segunda década de vida, aproximadamente a los 16 años, abandona Alemania para conocer México y posteriormente establecerse en Chile como el mismo nos comenta. En este último país habría de casarse con María Luisa Elizabeth Frieda Julie von Diringshofen, a la edad de 21 años. De esta unión resultarían seis hijos.

Sería entre Chile, México, Alemania, Francia y Suiza, que estudiaría y/o perfeccionaría sus conocimientos de medicina, y comenzaría los primeros experimentos que lo llevarían a redescubrir la antigua y semi olvidada ciencia, de la cura por medio de las esencias y perfumes. Según nos relata en su libro acerca de tan interesante sistema: “Del Incienso a la Osmoterapia”…”Preferí pues hasta que los juicios profesionales hayan dado su dictamen, emplear el término Osmoterapia para indicar el proceso medicinal basado en el empleo de perfumes.

La palabra griega Osme, ampliamente aplicable a cualquier olor, sin prejuicio de la sensación, que asume propiedad especifica según la persona, me parece más aceptable.” (Introducción)

Claro al principio este método curativo, causo diversas reacciones, entre ellas la incredulidad y la burla por parte de algunos, pero la efectividad del mismo, sería el argumento más convincente en dichos casos: ”Muchas veces, cuando era médico de regimiento, al verme aparecer con mis remedios de perfumes, fui objeto de risa, pero muchos soldados me agradecieron después, cuando fueron curados por mi método; y en muchas ocasiones los enfermos ya una vez sanados en esta forma, exigían que después se les aliviara con el mismo tratamiento, que encontraban tan apropiado.” (Del Incienso a la Osmoterapia, Capitulo XX).

Por otra parte sus frecuentes viajes a diversos países, en su carácter ya de médico ya de diplomático, lo pusieron en contacto con diversas sociedades secretas alrededor del mundo, de las cuales fue destacado Discípulo. Razón por la cual consiguió los grados más altos en la masonería: 3 * de la Masonería Universal, 33′ del Rito Escocés Antiguo y Aceptado y 97 * del Rito Antiguo y Primitivo de Memphis y Mizraim.

Además tuvo ocasión de conocer personalmente, a los personajes del esoterismo, más notables y destacados de su época.

Habría sido durante sus investigaciones, en las inmediaciones de las ruinas de Cuzco, cuando tuvo la experiencia en la cual según su autobiografía:… “Los misterios de la naturaleza se develaban ante mi vista…” Hecho a partir del cual conocería y retomaría el nombre de su Real Ser, V:. M:. Huiracocha; Arzobispo de la Santa Iglesia Gnóstica.

Luego de formar parte de más de veinte sociedades secretas, el V:. M:. Huiracocha, fundo la F. R. A. (Fraternitas Rosacruciana Antiqua), primordialmente en América Latina. Donde fue enseñando a sus discípulos las claves que aprendió y recopilo a lo largo de su camino. Murió en Marburg, Alemania, el 19 de mayo de 1949.

Como un navío en alta mar, cada uno de nosotros lleva su ruta… Pero… ¿Cuál es esa ruta? ¿Qué carta misteriosa la describe? ¿Qué afanes biológicos la impulsan?

¡El hombre no se da cuenta! No ve, no oye o no percibe… Ir por un camino sin saber su finalidad, no es un camino. Ir por una ruta sin saber dónde nos lleva no es una ruta.

Todo nuestro afán como la nave, es apartarnos, huir de la línea de derrota.

V. Maestro Huiracocha “Rosa Esotérica”.